(Segunda parte de la historia con Abdel)
La humedad era espesa, el calor pegajoso, y ni siquiera eran las diez de la mañana.
Llevábamos apenas dos días en Senegal, y yo ya sentía que me derretía. La piel me ardía, el cuello sudaba, y cada mechón de pelo —por corto que fuera en Europa— ahora se pegaba a mi nuca como si me castigara por no haber escuchado del todo a Abdel.
—“¡Te lo dije!” —me dijo por tercera vez ese día, mientras yo buscaba desesperadamente un abanico viejo en casa de su tía—. “Te dije que lo cortaras más.”
—“¡No pensé que el calor sería así!” —respondí, medio molesta, medio arrepentida—. “Además, ¡lo corté bastante antes de venir!”
—“No lo suficiente.”
Ese día visitamos a varios de sus familiares. Todos fueron amables, cariñosos, acogedores… pero cada vez que me abrazaban o me tomaban del brazo, comentaban algo como:
—“Ella es bonita… pero con ese pelo tan espeso… debe estar sufriendo.”
—“¿Por qué no le has cortado más el cabello, Abdel? Aquí no se puede andar con melena.”
Yo fingía sonreír. Pero empezaba a sentirme fuera de lugar. Como si mi pelo, que en casa me hacía sentir segura y moderna, aquí fuera un estorbo. Un error.
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La noche siguiente, mientras intentaba dormir entre las sábanas húmedas y el zumbido constante de un ventilador flojo, murmuré:
—“No puedo más con el calor.”
Y Abdel respondió, sin ni siquiera abrir los ojos:
—“Entonces mañana solucionamos eso.”
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A la mañana siguiente, antes de que pudiera protestar, ya íbamos en el coche. Cruzamos un par de calles de arena, entre casas coloridas y pequeños puestos de fruta, hasta que se detuvo frente a una barbería local. Un cartel decía “Smart Cuts for Gentlemen”, pero en realidad era una sala estrecha, sin aire acondicionado, con un único sillón de barbero metálico, un espejo desgastado y dos hombres conversando en wólof.
Me paralicé.
—“¿Aquí?” —pregunté en voz baja.
—“Sí. Es rápido. Y ellos me conocen. Confía.”
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El barbero, un hombre mayor con sonrisa abierta, me saludó con cortesía. Me senté. Abdel habló con él. Rápido. En wólof. No entendí nada.
—“¿Qué le dijiste?” —pregunté, inquieta.
—“Que te deje fresca. Que te haga un corte práctico.”
—“¿Pero cómo de corto?”
Él no respondió.
El barbero ya tenía la máquina en la mano.
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Y entonces comenzó.
Primero fue la nuca. Luego los lados. Todo parecía ir bien… hasta que sentí la máquina subir demasiado. Muy arriba.
—“¡¿Qué está haciendo?!” —grité, girándome hacia Abdel.
Él se encogió de hombros.
—“Te dije que aquí no están acostumbrados al pelo liso. Van por instinto.”
—“¿INSTINTO?!”
El barbero no se detenía. Pasó la máquina por encima de una zona que aún tenía volumen. Luego intentó emparejar la parte superior con lo que ya había cortado, pero el resultado fue aún peor: capas desiguales, algunas zonas con trasparencias, otras con mechones que no sabías si estaban ahí por diseño o error.
Cuando me levanté del sillón y me miré en el espejo, me quedé sin palabras.
Era corto. Muy corto. Pero no bonito. No era un pixie moderno. No era un look europeo. Era un corte funcional, abrupto, casi escolar, sin forma definida ni armonía.
Me giré hacia Abdel con furia.
—“¡¿Esto es lo que querías?! ¡¿Esto?!”
Él frunció los labios. No parecía sorprendido. Solo resignado.
—“Si lo hubieras hecho en España como te pedí, ahora tendrías un corte fresco y bonito. Pero tú quisiste esperar, y aquí no es lo mismo. Aquí los barberos no manejan el pelo liso. No es su culpa. Ni mía.”
—“¡¿Entonces de quién es?!”
—“Tú sabías que esto podía pasar. No me digas que no te lo advertí.”
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No sabía si gritar, llorar o reír. Estaba sentada en una barbería en Senegal, con un corte desastroso, con calor, sudor, y con mi novio culpándome como si hubiera sido mi decisión.
Pero parte de mí sabía que tenía razón.
Me lo había dicho. Muchas veces.
Había tenido la oportunidad de ir a mi peluquera de siempre. De confiar. De anticiparme.
Pero por orgullo, por miedo, por vanidad, lo pospuse. Y ahora… ya estaba hecho.
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Volvimos a casa en silencio. Esa noche, me duché, me miré en el espejo, y por primera vez en mi vida pensé: “Tal vez es momento de dejarlo todo atrás. Todo el pelo. Todo el estilo. Todo lo que creía necesitar.”
Abdel entró al baño poco después. Me miró, se acercó despacio y pasó la mano por mi nuca recién desordenada.
—“¿Lo odias?” —le pregunté sin girarme.
—“No.” —respondió—. “Pero no está bien hecho.
Continuará…