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Buy Me A Coffee

Calor africano cap final

By Faah

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Habíamos pasado días tranquilos desde el último corte. Abdel y yo, después de tanto ida y vuelta con nuestros cabellos y nuestras posturas, habíamos encontrado algo parecido a un acuerdo: ese look corto, pulido y fresco nos sentaba bien a ambos. No era rapado al cero, pero tampoco era largo. Un punto medio. Práctico. Y, para mi sorpresa, incluso me empezaba a gustar.

Pero entonces… llegó el aviso.

Todo comenzó con Pemba, la sobrina de Abdel. Una niña risueña, de apenas seis años, con su pelo afro y una energía desbordante. Una mañana se levantó rascándose la cabeza sin parar. La madre, preocupada, revisó su cuero cabelludo y no tardó en confirmarlo: piojos. Y muchos.

La alarma se extendió por la casa como un incendio. En cuestión de minutos, todos los niños estaban siendo revisados. Algunos, infestados. Otros, sospechosos. Las mujeres hablaron entre sí a toda velocidad. Los hombres fueron más directos: “afeitarlos a todos”.

Fue como una operación de emergencia.

Abdel fue el primero en ofrecer su cabeza. Sin quejarse, sin dudar. “No queremos riesgos innecesarios”, dijo, mientras el barbero pasaba la máquina al cero por toda su cabeza. Luego los niños, su hermano, su primo, su padre…Incluso Pemba lloró al ver cómo su cabello trenzado desaparecía por completo. Pero también a ella la raparon. Todos. Uno por uno.

Cuando me tocó a mí, intenté resistirme.

—“¿Y si espero a volver a España?” —pregunté con un hilo de voz.

—“Una semana es mucho tiempo si ya tienes huevos en el cabello,” —me dijo la madre de Alieu con firmeza—. “Aquí los piojos no son como allá. Aquí transmiten infecciones. No podemos arriesgarnos.”

—“Pero he estado limpia… me revisé.”

—“Y también se revisaron los otros niños. Y mira cómo están ahora.”

Abdel se me acercó, calmado.

—“Solo será por precaución, amor. Te prometo que, cuando regresemos a casa, haremos lo que tú quieras. Pero aquí, tenemos que seguir las reglas. Es por salud.”

Me sentí atrapada. No porque no entendiera la lógica… sino porque, otra vez, mi cuerpo era el que tenía que ceder. Mi imagen. Mi reflejo. Mi pelo.

Sentí una punzada en el estómago. Recordé todo el año dejando crecer ese cabello. Las peleas, las charlas, los pactos. Todo, por una semana de diferencia.

Pero también vi la sinceridad en los ojos de Abdel. El cariño. La voluntad de incluirme, no de imponerme. No era como antes.

—“¿Y si solo lo dejamos al uno?” —pregunté, rogando al menos por un poco de control.

Pero la madre negó con la cabeza.

—“Al cero. Como todos. Para asegurar.”

**

Me senté en la misma silla donde minutos antes Abdel había entregado su cabellera. Noté los pequeños cabellos oscuros esparcidos por el suelo. Algunos largos. Otros, ya invisibles.

Una mujer del vecindario se encargó de mí. Tenía manos seguras y una máquina silenciosa. Me colocó una capa sobre los hombros y me dio un pequeño apretón en el brazo, como diciendo “te entiendo.”

El zumbido empezó.

Zzzz.

Sentí el metal tocarme la frente. Un escalofrío. Luego bajó por el centro de mi cabeza, separando mechones y dejando una franja de piel al descubierto. Respiré hondo. Cerré los ojos. Ya no había vuelta atrás.

En cuestión de minutos, todo desapareció.

Mi melena moderada. Mis patillas cuidadas. Incluso ese pequeño volumen que había empezado a querer. Todo fue barrido sin piedad por la máquina.

Cuando terminó, la mujer me mostró con un espejo. Me vi… calva. Otra vez.

Pero esta vez, no sentí vergüenza. Ni rabia. Solo resignación. Y quizás un extraño sentido de paz. Era por salud. Por integración. Por no poner en riesgo a nadie.

**

Esa noche, nos reímos entre todos.

La familia entera, rapada como si fuéramos un clan. Abdel me abrazó con fuerza, besó mi cabeza y me susurró:

—“Ahora sí estamos igual otra vez.”

Yo me recosté sobre su hombro, mirando la luna por la ventana abierta.

—“Espero que el año que viene las rastas no vuelvan…”

Él rió.

—“Solo si tú no vuelves con melena.”

—“Trato.”

**

Y así terminamos esa segunda visita a Senegal: limpios, igualados, sin adornos… pero más unidos que nunca. Porque el verdadero aprendizaje no fue sobre cortes, ni calor, ni piojos. Fue sobre aprender a ceder, a entender al otro, y a compartir el peso de las decisiones que antes solo caían sobre mí.

Aunque no lo elegí del todo, ese corte final se convirtió en un símbolo: de cuidado, de familia, de respeto mutuo.

Y aunque el espejo me devolvía una imagen que nunca imaginé, por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente yo.

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