Era mediados de junio cuando Abdel me lo dijo, sin rodeos y con su tono sereno pero firme que siempre me desarma:
—“Amor, ya sabes que en Senegal el calor es brutal. Y además… los piojos. No es lo mismo que aquí.”
Me miró con ternura mientras me pasaba los dedos por el pelo, que entonces llevaba algo por debajo de la mandíbula, limpio, suave, con la nuca recién recortada. Era mi corte favorito. Me hacía sentir femenina pero moderna, libre pero arreglada.
—“Solo estoy diciendo que te lo pienses. Algo más fresco. Más corto. Por higiene, por comodidad… por ti.”
Sabía que había algo más detrás. Siempre que hablábamos del pelo, su mirada se volvía distinta. Más íntima. Más intensa. Como si no solo fuera cuestión de calor o piojos.
**
Aun así, accedí… parcialmente.
—“Vale. Pero no voy a raparme, ¿eh?”
—“No estoy diciendo que lo hagas. Solo un buen corte.”
Así que fui a la peluquería y pedí lo siguiente: limpiar bien la nuca, rebajar laterales… pero dejar algo de melena arriba. Un poco de caída. Algo de movimiento. Me miré al espejo al salir: el resultado era bonito, moderno, y bastante más corto que antes… pero no tan extremo como Abdel sugería.
Me sentía aliviada. Había cedido, pero sin dejar de ser yo.
**
Cuando llegué a casa, Abdel me recibió con una sonrisa… que duró exactamente dos segundos.
—“¿Ya lo hiciste?”
—“Sí. Mira.”
Me giré para mostrarle la nuca, orgullosa. Se acercó, la examinó… y suspiró. No de gusto.
—“Dijiste que lo cortarías más.”
—“¡Lo hice!”
—“¿Esto te parece suficiente para soportar 45 grados de humedad, polvo, viajes en coche sin aire acondicionado… y la posibilidad de piojos en zonas rurales?”
Me reí. Pensé que exageraba. Pero su expresión no cambió.
—“No te estoy pidiendo algo por capricho, amor. Allá esto va a ser duro. Para ti. Y no quiero que estés incómoda, rascándote, ni preocupada todo el día.”
Me crucé de brazos.
—“¿Y qué querías? ¿Que me pasara la máquina en casa?”
Silencio.
Lo miré.
Él bajó la mirada por un segundo y luego, con voz más baja:
—“Si por mí fuera, sí.”
**
No supe qué decir.
La idea de que él realmente deseara verme con el pelo muy corto no era nueva, pero no esperaba que saliera de esa forma. Su tono no era autoritario, sino honesto. Como si estuviera confesando algo que llevaba tiempo callando.
—“Abdel… yo sé que a ti te gusta más corto. Pero es mi pelo.”
—“Lo sé. Por eso no te obligo. Pero estamos yendo a un lugar donde hay que ser práctico. No es Europa. No es un viaje de vacaciones, son seis meses. Y… también quiero verte cómoda, ligera, sin preocuparte por eso. Me cuesta no imaginarte con todo fuera, sin melena, sin nada. Solo tú. Simple. Perfecta.”
Hubo un silencio. Me senté en el borde de la cama.
Me pasé los dedos por la nuca. Estaba corta, sí. Pero no como él lo imaginaba. No como lo deseaba.
No como, quizás… yo también empezaba a imaginarlo.
**
—“¿Estás enfadado?” —le pregunté.
Él negó con la cabeza.
—“No. Solo frustrado. Siento que no confías en mí cuando te propongo algo así.”
Esa frase me tocó más de lo que esperaba.
No era solo pelo.
Era una cuestión de entrega, de adaptación, de cambio… de amor.
**
Esa noche no hablamos más del tema. Me fui a dormir sintiendo una mezcla de culpa, duda… y una pequeña punzada de curiosidad. Me vi en el espejo al lavarme los dientes. La nuca, aunque limpia, aún dejaba mechones que caían hasta tocar el cuello. ¿Estaba aferrándome a algo innecesario?
Al día siguiente, me desperté antes que él. Fui al baño, me miré largo rato. Encendí la máquina que él guardaba para su barba. La observé en mis manos. La encendí. Sentí su vibración.
No la usé.
Aún no.
Pero algo dentro de mí empezaba a cambiar.
Y sabía que Senegal… lo iba a terminar de decidir