(Cuarta parte del viaje a Senegal con Abdel)
Quedaban tres meses para volver a casa. Tres meses exactos.
Era un martes por la mañana, y estábamos en la cocina, pelando fruta para el desayuno. La radio sonaba en wólof, y la madre de Abdel estaba en el patio barriendo hojas, como cada día desde que llegamos.
Yo me pasé la mano por la cabeza rapada —como cada mañana desde hacía meses— y sentí algo diferente: una punzada de hartazgo. No era el calor, ni la incomodidad. Era… la necesidad de volver a sentir el pelo entre los dedos. De saber que podía elegir. De no depender de esa máquina que cada sábado me vaciaba un poco más.
—“Abdel…” —dije en voz baja, sin mirarlo directamente—. “Quiero dejar de raparme.”
Él levantó la vista con lentitud. Su cuchillo se detuvo sobre el mango.
—“¿Cómo que dejar?”
—“Quiero dejarlo crecer. Me quedan tres meses aquí. Quiero que, cuando volvamos, al menos tenga algo de largo.”
Silencio.
Abdel me miró con seriedad. No con furia, pero sí con esa molestia silenciosa que conocía bien.
—“¿Estás segura?”
—“Sí. Es solo pelo. Pero quiero tenerlo.”
—“¿Y el calor? ¿Y los bichos? ¿Y las duchas sin complicaciones?”
—“Me acostumbraré. Igual que me acostumbré a estar rapada.”
Él suspiró, pero no dijo nada por unos segundos. Luego se llevó un trozo de mango a la boca, como si necesitara masticar antes de soltar la respuesta que no quería dar.
—“Está bien.”
—“¿Sí?”
—“Sí… Pero no me pidas que te ayude con eso.”
—“¿Con qué?”
—“Con peinarlo, cuidarlo, o ver cómo te quejas cuando lo tengas a medias. Porque así empieza: primero pides que pare, luego sufres el calor, y después culpas a todos menos a ti.”
Sus palabras eran duras. Pero reales. Dolían, porque tenían peso.
—“No va a pasar eso.”
—“Ya veremos.”
**
Durante las semanas siguientes, el crecimiento fue casi imperceptible, pero constante.
Ya no había sábados con la máquina. No había ritual. Solo silencio.
La madre de Abdel notó el cambio rápidamente.
—“¿Y el afeitado? ¿Ya no?”
—“Quiero dejarlo crecer.” —le dije con firmeza.
Ella no respondió. Solo me miró durante unos segundos. Luego volvió a su rutina.
Abdel, por su parte, lo llevó con un humor extraño: pasivo-agresivo, como quien pierde un privilegio. Cada vez que me veía arreglándome el pelo al espejo, murmuraba algo como:
—“Te queda raro cuando está creciendo.”
—“¿No te da más calor ahora?”
Y aunque esas frases me molestaban… no decían más de lo que él callaba.
**
Lo que él sí dejó claro fue algo más íntimo.
—“¿Y yo? ¿También me puedo dejar el pelo crecer ya?” —me preguntó una noche, mientras nos duchábamos.
Yo le sonreí con cierta ironía.
—“¿Te acuerdas por qué te lo afeité?”
—“Por los piojos.”
—“Entonces no.”
—“¿Entonces tú sí puedes dejarlo crecer, pero yo no?”
—“Tú lo aceptaste. Igual que yo acepté raparme cada semana durante tres meses por ti.”
Él me miró, sorprendido por la dureza de mi respuesta. Pero no replicó.
Esa fue la noche en que comprendió que el equilibrio había cambiado.
**
Con el paso de los días, noté su actitud volverse más distante, menos cómplice. Como si mi pelo —mi decisión— hubiera levantado una barrera entre los dos. Una especie de tregua incómoda. Él no protestaba… pero tampoco celebraba.
El primer centímetro de crecimiento me emocionó. Ya no sentía el cuero cabelludo tan expuesto. Algunas zonas se veían suaves, con una textura nueva. Me descubrí acariciándolo constantemente, como si reconectara con una parte de mí que creía perdida.
Abdel lo notó, claro.
—“Lo tocas mucho últimamente.”
—“Lo extrañaba.”
—“Yo no.”
Lo dijo sin sonrisa. Como si fuera una confesión. Una advertencia.
**
Y entonces comprendí algo que nunca había querido ver: el corte había dejado de ser solo una cuestión práctica o estética para él. Era parte de un control disfrazado de cariño. De un vínculo que funcionaba solo mientras yo cediera.
Ese sábado, en lugar de raparme, me puse aceite en el pelo y me miré al espejo largo de la habitación.
Vi a una mujer en reconstrucción.
Una que no necesitaba que le recordaran cada semana que debía ser “fresca”, “ordenada” o “perfecta”.
Una que elegía volver a crecer. Aunque doliera. Aunque molestara. Aunque decepcionara a quien más amaba.
**
—“¿Entonces no más afeitado?” —me preguntó él desde el marco de la puerta.
—“No más.”
—“Ni por despedida. Ni por última vez.”
—“No.”
—“De acuerdo.” —dijo con frialdad, y se fue al patio.
Yo me quedé allí. Tocando mi pelo. Sintiendo el eco de una elección que, por primera vez en mucho tiempo, había sido completamente mía.