(Última parte del viaje a Senegal con Abdel)
Ya habían pasado tres meses desde que pedí dejarme crecer el pelo.
El cambio era visible. Lo suficiente como para empezar a cubrir el cuero cabelludo, pero todavía desordenado. El crecimiento era irregular: algunas zonas más espesas, otras rebeldes. No era bonito. Era transición.
Y esa palabra, “transición”, parecía incomodar a todo el mundo menos a mí.
Cada vez que pasaba por el salón, notaba la mirada crítica de la madre de Abdel. No decía nada al principio, pero era evidente que no le gustaba ese aspecto a medio hacer. Le gustaba el orden, la limpieza, la simetría. Y yo, en ese estado de crecimiento indefinido, representaba lo opuesto.
Una tarde, mientras tomábamos té bajo el toldo de la terraza, ella me miró con una sonrisa que ya conocía: la misma que puso la primera vez que me afeitó Abdel.
—“¿Y si te retocamos un poco antes de volver?”
—“¿Retocar…?” —dije, como si no supiera a qué se refería.
—“Nada extremo. Solo algo que te haga ver cuidada. Que no parezca que vienes de la guerra.” —dijo riendo—. “Además, así le das una sorpresa bonita a mi hijo el día antes de regresar.”
Yo titubeé.
—“No quiero volver a raparme.”
—“No dije rapar. Solo cortar. Limpio. Moderno. A ti te queda muy bien el pelo corto, ¿sabes?”
Abdel estaba cerca, escuchando. No intervino. Solo cruzó los brazos, fingiendo que no era su conversación… pero sonriendo.
—“Esta vez no te va a llevar él.” —continuó su madre—. “Voy a llevarte yo. A una peluquera buena. Una mujer. Tranquila. Confía en mí.”
Había algo cálido en su tono. Maternal. Imposible de rechazar sin parecer grosera.
Yo asentí.
—“Está bien. Solo un poco.”
**
Al día siguiente por la mañana, me llevó al centro del pueblo. La peluquería era una pequeña sala pintada de rosa, con dos sillas y un espejo grande. En la entrada colgaban fotos de mujeres sonrientes con peinados atrevidos, cortes a la moda africana, algunos más occidentales, otros absolutamente locales.
La peluquera, Khady, me saludó con una risa contagiosa. Habló brevemente con la madre de Alieu en wólof. Intercambiaron gestos, miradas, risas cortas.
Yo no entendí nada.
—“¿Qué le dijiste?” —pregunté.
—“Le dije que queremos algo bonito. Corto, pero femenino. Que le favorezca tu cara. Ella sabe.”
Confié.
Otra vez.
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El corte duró 25 minutos. No vi mucho, porque me colocaron una capa de tela sobre los hombros y el espejo estaba cubierto de polvo. Pero sentía la máquina. No la navaja afilada al ras, pero sí algo muy corto. Pasaba por los lados, por detrás… incluso por la parte alta de la cabeza.
Cuando terminó, Khady retiró la capa y limpió con brocha mis mejillas. Me giró hacia el espejo.
Y ahí estaba yo. Otra vez.
Toda la cabeza pareja, con un número muy bajo. No tan al ras como los sábados con Abdel, pero apenas uno o dos milímetros más largo. El contorno limpio, la nuca despejada, las patillas delineadas, y la forma redondeada de mi cabeza completamente visible.
Un corte muy corto.
Muy… masculino.
Y sin embargo, no del todo feo.
Me toqué la cabeza y sentí el cosquilleo familiar. El mismo que pensé que había dejado atrás.
La madre de Abdel sonrió desde la entrada.
—“Mucho mejor. Así vas a llegar a casa con dignidad. A mi hijo le va a encantar.”
**
Cuando llegamos a casa, Abdel estaba sentado en el porche, con las piernas estiradas. Se levantó al verme. Durante un segundo, no dijo nada.
Luego caminó hacia mí, lento, con los ojos brillantes.
—“Guau… ¿Lo hiciste?”
—“Tu madre me convenció.”
—“Está perfecto. Te ves… increíble.”
Me rodeó la cara con ambas manos y me besó en la frente.
—“Así es como más me gustas.” —susurró—. “Limpia. Libre. Sin esconderte detrás de nada.”
Yo no respondí. Solo bajé la cabeza.
La madre de Abdel nos miraba desde la puerta, orgullosa.
—“Ahora sí. Así van a volar felices en ese avión.”
**
Esa noche, en la cama, él no paraba de tocarme la cabeza. Deslizando los dedos por la textura corta. Murmurando cosas en voz baja. Agradecido. Como si cada milímetro de corte fuera una reconexión con su versión ideal de mí.
—“Gracias por confiar en mi madre.” —dijo.
—“No fue tan terrible.”
—“No. Fue perfecto.”
—“Pero cuando lleguemos a casa… Quiero dejármelo crecer.”
Él no respondió enseguida. Solo siguió acariciando. Luego dijo:
—“Ya hablaremos de eso.”
Y con esa frase, se durmió. Sonriendo.
Yo me quedé despierta. Con la cabeza fría. Literal y simbólicamente.
Y por primera vez… no sabía si el corte me aliviaba o me borraba.
Continuará…