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Buy Me A Coffee

Calor africano cap 6

By Faah

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Regresar a España fue como volver a respirar otro aire. No necesariamente más limpio, pero sí distinto. El calor de Senegal quedó atrás, junto con los rituales, las motos, la fruta fresca, y la máquina de afeitar.

Yo volví con la cabeza prácticamente rapada, aunque no al cero. El pelo era corto, uniforme, apenas una sombra ordenada sobre mi cráneo. El corte que me había hecho a traición la madre de Abdel no era feo… solo excesivo. Pero al menos, pensaba yo, ahora sí era la última vez.

Abdel, al llegar, no mencionó mi pelo en absoluto.

Ni una palabra. Ni una caricia. Ni una sonrisa cómplice.

Simplemente hizo como si nada. Como si ese corte no existiera. Como si no hubiera celebrado verme así días antes en Senegal.

Yo lo noté. Y no supe si agradecerlo o sentirme ignorada.

**

El verdadero cambio vino en él. Al cabo de las semanas, su pelo —que yo misma le había afeitado cuando estábamos en África— empezó a crecer. Primero suave, luego denso. Sabía lo que se venía. Y un día, sin más, lo vi con un pañuelo atado a la cabeza.

—“¿Rastas?” —le pregunté sin necesidad de respuesta.

Él sonrió.

—“Ya toca volver a ser yo.”

No me lo dijo como provocación. Ni como desafío. Pero para mí fue eso: un pequeño aguijón. Sabía que no me gustaban las rastas. Se lo había dicho desde los primeros meses. Y no porque tuviera nada en contra del estilo, sino porque en él siempre las llevaba descuidadas, grasientas, largas sin forma. Eran como una barrera entre él y el resto del mundo.

—“Pensé que me las quitaras por mi.” —le dije.

—“Lo importante es que me guste a mí.” —respondió sin mirarme.

**

Las primeras semanas no discutimos.

Pero el silencio era tenso. Lleno de pequeños gestos.

Yo, por ejemplo, pasaba más tiempo en el espejo, viendo cómo crecía mi pelo. En el trabajo me preguntaban si me lo había cortado por gusto o por alguna situación. Yo sonreía, esquiva, y decía que necesitaba un cambio. No mentía del todo. Era cierto. Solo que no había sido mío.

Empecé a visitar una pequeña peluquería del barrio cada dos o tres semanas. Solo para dar forma, apenas unos milímetros. Nada drástico. Quería que mi pelo volviera sin prisa, pero con dignidad. Que al crecer no me recordara el control, sino la recuperación.

Abdel no decía nada, pero cada vez que volvía del salón, me lanzaba comentarios secos.

—“¿Te cortaste otra vez?”

—“No parece que crezca mucho.”

—“Te estás obsesionando con eso.”

Un día, cuando yo le comenté que quizás quería dejarme un bob corto, él respondió con desdén:

—“Bueno, pero ahora ya ni te crece parejo.”

Yo lo miré fijo.

—“Tú también estás irreconocible con esas rastas. No sé cómo puedes llevarlas sabiendo lo que opino.”

Su expresión cambió de inmediato. Bajó los hombros, como si lo hubiera golpeado con algo mucho más fuerte que un comentario superficial.

—“¿En serio me estás comparando eso con tu drama del pelo?”

—“Sí.” —respondí sin vacilar—. “¿O ya no recuerdas quién me llevó a la barbería en Senegal, quién celebraba cada vez que me afeitaban, quién se molestó cuando pedí dejarlo crecer?”

Silencio.

—“Yo me rapé por ti, Abdel. Tú sabías que no era lo que quería. Pero lo hice. Por calor, por respeto, por tu madre. Ahora mírate… apenas volvemos, vuelves a lo tuyo, sin preocuparte de si me gusta o no.”

—“¿Entonces me estás diciendo que no me soportas así?”

—“Te estoy diciendo que lo mínimo que esperaba era algo de coherencia.”

**

A partir de ese día, hablamos poco durante un tiempo.

Él siguió con sus rastas. Se las dejó crecer más. Las tocaba con cariño. Las trenzaba a veces. Y yo… yo seguí visitando la peluquería. Cada vez con más decisión. No buscaba un corte bonito. Buscaba mi forma.

Con cada pequeño corte, sentía que dejaba atrás no solo lo vivido en Senegal, sino también esa versión de mí que se había vuelto complaciente. Que decía que sí por miedo a discutir. Que se aferraba a una rutina como forma de evitar el conflicto.

Ahora, cada centímetro ganado era una conquista.

**

Una tarde de otoño, me miré en el espejo del baño y me reconocí. No por el largo del cabello, que ya empezaba a rozar las orejas, sino por la mirada. Volvía a estar yo ahí. No una versión sumisa o ajustada a otra cultura, otro deseo, otra familia.

Yo. Solo yo.

Abdel pasó por el pasillo. Me vio. Se detuvo.

—“Te ves diferente.”

—“Sí. Estoy recuperando cosas.”

Asintió.

—“Te ves bien.”

No fue una declaración de amor. Ni un perdón. Solo una constatación. Un pequeño alto al fuego. Pero fue suficiente.

**

Quizás no todo se arreglaría con el pelo. Quizás había heridas más profundas. Pero al menos, ahora sabía algo que antes había olvidado:

El cabello crece. La voluntad también.

Y esta vez, el siguiente corte, sería solamente mío.

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