“Un año y medio de crecimiento”
Un año y medio había pasado.
Un año y medio desde aquella última visita a la peluquería en Senegal. Un año y medio desde que volví a España con la cabeza al ras y con la promesa de que sería la última vez que alguien decidiera por mí cómo debía lucir.
Y sí… mi pelo había crecido. Lento, pero constante. De sombra pasó a pelusa, de pelusa a mechones, y finalmente a una forma corta pero mía. Me gustaba cómo se ondulaba en las puntas, cómo por fin volvía a ver volumen alrededor del rostro. Había aprendido a quererlo en cada etapa, sin urgencias. Con cariño.
Abdel también cambió. Dejó crecer su pelo sin pausa. Se volvió más meticuloso con sus rastas, las cuidaba, las ataba, les daba forma. Aunque sabía que me disgustaban, no las discutíamos. Yo no insistía, él no justificaba. Cada uno con su proceso.
Hasta que llegaron las vacaciones.
—“Ya casi es agosto” —me dijo un día mientras desayunábamos.
—“Sí, por fin.”
—“Un mes en Senegal va a venirnos bien. Calor, familia, descanso…”
Asentí, sonriendo. Pero noté el tono en su voz.
Y luego lo soltó.
—“Tú sabes lo que toca, ¿no?”
Dejé la taza sobre la mesa.
—“¿Perdona?”
—“El corte.”
—“¿Qué corte?”
—“Tu pelo. ¿Has visto las temperaturas que hay allá? Si el año pasado con menos calor ya te quejabas, imagínate ahora con toda esa melena.”
Me reí. Más por incredulidad que por humor.
—“Abdel, tengo el pelo apenas al nivel de las orejas. ¿Melena? Eso es exagerar.”
—“Tú sabes lo que digo. Además, recuerda los piojos. No estamos yendo a un resort.”
—“Tampoco me voy a afeitar otra vez. ¿Por un mes? ¿Después de esperar un año entero a que creciera? Estás loco.”
**
El ambiente se tensó.
Volvimos al silencio. A esa dinámica conocida, incómoda. Yo, defendiendo mi pequeño crecimiento como si fuera un trofeo. Él, insistiendo como si mi pelo fuera una amenaza logística.
Y entonces, lo inevitable.
—“¿Y tus rastas? ¿No son más calurosas aún que mi pelo? ¿No dan más calor, no guardan más suciedad?”
Lo miré con intención. Era una pregunta trampa, lo sabía.
Pero él no dudó.
—“No es lo mismo. Me las ato. Me las tapo. Y además… no hay discusión sobre ellas.”
Me quedé helada. Su voz no fue agresiva, pero fue tajante.
Y en ese momento entendí: su pelo era su identidad. El mío… era un problema.
**
Durante los días siguientes, el tema volvió como oleadas.
—“Solo un recorte, para que no se enrede.”
—“Piensa en tu comodidad.”
—“No te estoy pidiendo que te rapes.”
Y poco a poco, fui cediendo. A medias. Como siempre.
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Una semana antes del viaje, fui a la peluquería.
Pedir “solo un recorte” sonaba simple, pero no lo era. Estaba tan cansada de justificarme que simplemente dije:
—“Solo limpieza. Que se vea más ordenado, pero sin perder el largo de las orejas.”
La peluquera fue amable. Cortó poco, peinó con mimo. Salí satisfecha. Al mirarme al espejo esa tarde, sentí una mezcla de alivio y rebeldía.
Me había anticipado a Abdel. Había recortado, sí. Pero a mi manera.
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Abdel notó el corte al instante.
—“¿Fuiste ya?” —preguntó sorprendido.
—“Sí. Me pareció mejor hacerlo aquí que allá.”
—“Mmm.”
—“¿No te gusta?”
—“Está bien.”
—“¿Bien o justo al límite de lo que toleras?”
Sonrió, pero no respondió.
Y en el fondo, supe que lo consideraba una pequeña derrota.
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La maleta estaba hecha. Los pasajes listos.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que yo también viajaba con una decisión tomada.
Solo sería un mes. Pero ese mes me iba a encontrar diferente.
No por cómo me viera. Sino por cómo me plantaría.
Porque esta vez, si alguien hablaba de calor, o de piojos, o de “mejor afeitarte por higiene”, yo iba a responder.
Y si a él le molestaban mis decisiones tanto como a mí las suyas… entonces por fin íbamos a hablar de lo que de verdad importaba.