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Buy Me A Coffee

Calor africano cap 8

By Faah

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“La tarde de los dos salones”

Apenas bajamos del coche en Senegal, sentí ese golpe de calor espeso, pegajoso, como un abrazo demasiado apretado del clima. Pero junto a él, también llegó otro abrazo: el de la familia de Abdel. Gritos, risas, besos en la mejilla. Todos nos recibieron como si hubiéramos estado lejos años en lugar de solo uno.

Yo saludaba con una sonrisa, saboreando la familiaridad del lugar. Ya había estado aquí. Ya sabía lo que era. Pero esta vez… venía diferente. Con mi pelo crecido, sin miedo, sin resignación. Por primera vez, me sentía dueña de mí. Dueña de mi cabeza.

Y entonces… pasó lo que no esperaba tan pronto.

—“¿Y ese gorro, Abdel?” —dijo uno de sus tíos, mirando a su hijo con sospecha.

—“Hace mucho sol…” —intentó justificar Alieu, tocando su gorro apretado.

Pero ya era tarde.

Su madre lo miró con un gesto de impaciencia. Su padre, más serio, lo señaló directamente.

—“Quítate eso. No es apropiado con este calor.”

La habitación se silenció.

Abdel tragó saliva, se quitó el gorro… y allí estaban. Sus queridas rastas. Bien formadas, brillantes, cuidadas. Pero para su familia, aquello era un símbolo contrario. Una imagen que no encajaba con lo que esperaban de él. Y especialmente, de un hombre musulmán.

El padre puso cara de decepción. No gritó. Pero sus palabras fueron más contundentes que cualquier reproche:

—“Eso no es aceptable. Ya eres un hombre, no un niño rebelde. Valora quitártelas. Esta tarde vendrás conmigo al barbero. Puedes acompañarme en el corte o no, pero vendrás.”

**

Yo me quedé muda. Lo miré con una sonrisa tan discreta como imposible de ocultar. Por fin le tocaba a él. Por fin entendería lo que era que otros decidieran por tu imagen, por tu cabello, por tu identidad.

Me miró un instante. Sabía exactamente lo que pensaba.

Y no podía decir nada.

**

Pero lo mejor vino justo después.

La madre de Abdel aprovechó ese silencio, levantándose con decisión.

—“Pues si ellos se van a la barbería…” —dijo, mirando mis nuca ya algo crecida— “Nosotras también tenemos trabajo. Este cabello ha crecido demasiado. Nos vamos al salón, querida. Tú y yo.”

No pude ni responder.

Todo se organizó en minutos.

Un coche para los hombres. Otro para nosotras. Sin tiempo de discusión. Sin posibilidad de replanteos. Yo apenas pude decir “¿qué tipo de salón?”, pero la madre de Alieu solo sonrió y me dijo:

—“Uno donde dejarán tu cabello como nuevo.”

**

El camino fue corto, pero mi cabeza iba a mil por hora.

Sabía que ella tenía buen gusto. Sabía que quería que su nuera luciera bien. Pero también sabía que tenía una idea bastante concreta de lo que “bien” significaba… Y que mi concepto de “lucir bien” podía no coincidir con el suyo. Ni con el de su hijo.

—“¿Te molesta que vayamos?” —me preguntó con dulzura mientras entrábamos.

—“No, claro que no… solo… ¿qué planeas exactamente?”

Ella sonrió.

—“Solo un retoque. Para que no se vea descuidado. Algo práctico. Aquí hace calor, ¿verdad?”

Otra vez. La palabra clave: calor.

No discutí.

Me senté en el sillón de plástico. Me colocaron la bata. El aire acondicionado zumbaba mientras la estilista local examinaba mi melena. Me hablaban en su idioma, con alguna que otra palabra en inglés suelta. Señalaban. Asentían. Reían.

No entendía todo. Pero sí entendía suficiente.

**

El corte fue corto. Más de lo que yo habría pedido.

No rapado, no como antes, pero sí mucho más que un simple recorte. Las patillas limpias. La nuca muy definida. La parte superior rebajada con tijera, pero sin volumen. Un look andrógino, fresco… y absolutamente a gusto del hijo de la señora que me llevó.

—“¿Ves qué bonito?” —dijo ella al final, orgullosa.

Yo me miré al espejo.

No era horrible. Incluso, podía admitir que me favorecía.

Pero no era mi idea. No era mi decisión.

Otra vez.

**

Volvimos a casa casi al mismo tiempo que los hombres.

Cuando vi a Abdel… me quedé sin palabras.

Se había cortado las rastas.

Todo. Fuera.

Llevaba el pelo muy corto. Se lo había dejado casi al ras.

Nos miramos. Y, por primera vez en mucho tiempo, nos vimos iguales.

Él sonrió.

—“Bueno… parece que los dos tuvimos que ceder.”

—“Sí,” —respondí, aún sintiendo la nuca más fría de lo habitual— “pero tú te lo buscaste.”

Nos reímos. Con cansancio, pero también con cierta complicidad.

Al final del día, los dos entendimos algo:

Senegal no es solo un lugar. Es un espejo. Uno que te enfrenta a lo que eres… y a lo que otros quieren que seas.

Y esta vez, aunque no elegimos del todo, al menos no lo hicimos solos.

Continuará…

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