Laura caminaba por la calle rumbo a la peluquería, con paso firme, aunque algo nerviosa. Esa mañana se había levantado con una determinación clara. Llevaba días pensando en hacerse un buen corte de cabello. Ya no quería seguir batallando con su melena: los tirones del peine y el cepillo, las trenzas pesadas, la coleta que nunca quedaba bien. Simplemente, ya no lo soportaba. Se había dado cuenta de que su hermano y sus amigos, los chicos en general, no tenían que lidiar con esas molestias, y eso le parecía injusto. ¿Por qué las chicas debían llevar el cabello largo y sufrir todas esas complicaciones? ¿Para verse femeninas? ¿Para ser bonitas? ¿Para “ser atractivas”? ¿Y qué con todas las incomodidades?
Vivía en casa de sus padres y aprovechó que todos estaban en sus trabajos para ir a la peluquería sin avisar. Era su secreto. Nadie sospechaba nada. Sus vacaciones le daban la libertad de moverse sin explicaciones y lo había decidido: su pelo largo iba a desaparecer.
Cuando estaba a punto de llegar a la peluquería, un leve temblor recorrió su cuerpo. ¿En serio iba a hacer esto? Decidió pasar de largo sin detenerse en la puerta, aunque alcanzó a ver que las peluqueras estaban solas, sin clientes. Al llegar al final de la cuadra, se detuvo. Recordó todo lo que había pensado. Era ahora o nunca. Respiró hondo y, casi de manera automática, dio media vuelta. Esta vez, iba a entrar.
Al abrir la puerta, un escalofrío de nervios le recorrió la espalda. Pensó: “¿Realmente va a suceder?”. Ya estaba dentro, y sabía que no se echaría para atrás. Se acercó a la primera peluquera que encontró y, con la voz un poco temblorosa, dijo:
—Hola, quiero un corte de cabello.
La mujer la miró con una sonrisa amable y la guió hacia una de las sillas vacías. Laura se sentó, nerviosa, observando su reflejo. Esa sería la última vez que vería su larga melena.
Mientras le colocaban el peinador, la peluquera, muy amablemente, le preguntó:
—¿Cómo lo vas a querer?
Laura pensó rápidamente que aún estaba a tiempo de cambiar de opinión. Quizá un buen corte, pero no tan radical, tal vez un bob o algo similar. Sin embargo, tragó saliva y se decidió.
—Corto, por favor. Ya no aguanto este pelo. Si se puede, algo que me quede bien, pero bien cortito. —”Así, como de chico”, añadió mientras recogía su cabello y dejaba su rostro al descubierto.
La peluquera sonrió de nuevo, esta vez con más calidez.
—Con esa carita tan bonita, te va a quedar de maravilla.
Laura no supo qué responder, así que solo sonrió, nerviosa. Sintió los primeros cortes, y sin esperarlo realmente, vio cómo le cortaban un enorme mechón. Su cabellera, que antes le llegaba más allá de los hombros, se estaba convirtiendo en una melena corta, desordenada. Ahora sí que no había vuelta atrás, pensó, relajándose un poco.
Con la mayor parte de su cabello ya cortado, la llevaron a la estación de lavado. Le encantó la sensación del agua tibia en su cuero cabelludo y trató de relajarse. Esperaba no salir de allí completamente arrepentida. Cuando regresó a la silla, el corte continuó. Cada tijeretazo liberaba un nuevo mechón que caía sobre el peinador; algunos se quedaban allí, mientras otros rodaban hasta el suelo.
Laura notaba cómo ya se sentía diferente, el peso de su cabello había desaparecido. Esa sensación le iba generando una creciente sensación de liberación.
En medio del corte, la peluquera le preguntó cómo quería el cabello en la nuca. Laura no sabía exactamente qué responder, así que solo atinó a decir:
—Cortito, pero como tú creas que quede mejor.
La peluquera, sonriendo, tomó una pequeña máquina y le pidió a Laura que bajara la barbilla. Laura sintió un cosquilleo cuando la maquinita empezó a recorrer la parte baja de su cabeza. Le gustaba la sensación, pero al mismo tiempo, las dudas volvían. “¡Vaya, eso no me lo esperaba!” pensó. ¿Cómo iré a quedar?
De repente, la peluquera tocó sus patillas y le hizo una pregunta. Laura, sin entender del todo, asintió. Fue entonces cuando la maquinita comenzó a recorrer una de sus patillas y luego la otra. ¡Dios mío! pensó, pero no dijo nada. Ya estaba hecho.
Al final del corte, Laura miró al suelo y vio la enorme cantidad de cabello que había perdido. La peluquera le quitó la capa protectora y le limpió el cuello con un suave bledo.
—¿Y bien? ¿Qué te parece? —preguntó la peluquera, esperanzada.
Laura se vio en el espejo. Su deseo de deshacerse de su melena se había cumplido. Se sentía ligera, fresca. Pero su reflejo era tan diferente. Era como si mirara a otra persona. Se llevó las manos a la cabeza, explorando las nuevas texturas, los cabellitos cortos en la nuca, las patillas casi rapadas. Una sonrisa se formó lentamente en su rostro.
—Me gusta —respondió, sintiendo una ola de satisfacción.
La peluquera sonrió, complacida.
—Sabía que con el pelo corto te verías muy guapa.
Laura pagó y salió a la calle, sintiendo el aire fresco en su cuello. Caminó hasta una tienda departamental. Le había prometido a su madre que ocuparía la mañana de ese día para comprarse ropa. Se sorprendió a sí misma mirándose en cada espejo que encontraba. Se veía bien con el cabello tan corto. Se veía guapa.
Vio un vestido que le gustó y decidió probárselo. Normalmente, los vestidos se los compraba su madre y los usaba solo porque se lo pedían. Pero este le encantaba, y aún más le gustaba cómo lucía con él puesto. Con su cabello cortito y el vestido, se sintió muy femenina. Decidió llevárselo puesto y lo pagó. Después, vio unos pendientes que le gustaron y también los compró. Le encantaba cómo lucían con su nuevo corte de cabello, y combinaban a la perfección con el vestido.
Cuando se miró al espejo con todo el conjunto, se sintió increíble. Se dio cuenta de que, con ese corte, no parecía un chico, sino una chica femenina y muy guapa. Además, ahora estaba peloncita. Ya no tendría que sufrir las incomodidades de tener una melena larga.