Romina despertó como de costumbre, con su cabello largo y algo despeinado. Aunque solía sujetárselo para dormir, siempre despertaba con su melena por todas partes. Como cada mañana, sabía que le llevaría un buen rato ponerlo en orden, o al menos intentarlo. Sabía también que a su mamá no le gustaría cómo le quedaría.
Su madre llevaba bastante tiempo diciéndole que necesitaba ir a una estética a que le arreglaran el cabello. Romina lo había pospuesto, argumentando que era época de exámenes y tenía que estudiar. Su madre cedió, pero luego llegaron las vacaciones. Hacía varios días que le había prometido a su madre que iría a la estética, y hasta le habían dado el dinero que necesitaría.
Sabía de una estética nueva cerca de su casa. Había pasado caminando por ahí varias veces. Era atendida por una sola estilista, una chica joven y guapa. Romina había pensado en ir ahí, pero no se decidía. Para ella, su cabello no estaba tan mal; ya se había acostumbrado a llevarlo como lo tenía. Además, le gustaba verse y sentirse un poco hippie.
Bajó a la cocina, pasándose el cepillo por el cabello. Ahí estaba su madre. Romina esperaba que al menos, al verla intentando darle algo de orden a su melena, su madre se apaciguaría un poco. Sin embargo, ella la miraba sin mucho agrado.
—Romina, mira esos pelos, y esas puntas. Vístete porque hoy tengo cita en el salón, y tú me vas a acompañar —dijo su madre con firmeza.
Romina suspiró. Pensó en inventar alguna excusa para no acompañar a su madre. Sabía que el salón al que irían era frecuentado principalmente por señoras, y ella prefería ir a un lugar distinto. Intentó pensar en una excusa, pero nada suficientemente convincente le vino a la mente. Incluso consideró decirle a su madre que esta vez sí iría ella sola a una estética, pero lo había pospuesto por tanto tiempo que dudaba que su madre accediera. Sin querer entrar en conflicto, Romina aceptó acompañarla a su salón de belleza.
Se preparó para salir con su mamá, sin mucho animo. Se puso pantalones y una sudadera.
Al llegar, la estilista saludó a la madre de Romina y le preguntó qué se harían. La madre comentó que a ella ya le tocaba un corte, pero que Romina pasaría primero porque era a quien más le urgía “arreglarse”. La estilista se dirigió entonces a Romina para preguntarle qué corte quería. Justo cuando Romina iba a pedir una simple despuntada, su madre intervino:
—Creo que necesita algo diferente, más estilizado, que se pueda peinar más fácilmente, y sin duda no tan largo. Algo que haga que se vea más presentable.
Romina se quedó sin palabras al escuchar esto. Esa mañana, no había considerado cortarse el cabello, y mucho menos cambiar de imagen. Para ella, con una despuntada era suficiente, aunque tuviera que perder varios centímetros para que su melena se viera más “presentable”. Estaba a punto de explicar su idea cuando la estilista respondió con una sonrisa entusiasta:
—¡Claro que sí! Hoy en día se lleva mucho el estilo en capas, además de que le daría un movimiento increíble. Con su tipo de cabello, se vería moderna y muy elegante.
Para sorpresa de Romina, su madre exclamó: “Pues no se diga más”. Ni siquiera le preguntaron si estaba de acuerdo. Romina, sin ánimo de causar conflictos, accedió, aunque le molestó mucho que no le pidieran su opinión.
Lo que siguió no le agradó a Romina. Le colocaron la capa de protección y, unos momentos después, pasó de tener una cabellera que le llegaba hasta la mitad de la espalda a una que apenas le rozaba los hombros. La peluquera comentó: “Bueno, esto ya está hecho”, mientras Romina escuchaba a la distancia la voz de su madre decir: “Mucho mejor”. Luego la llevaron a la estación de lavado, y cuando volvió a la silla, el corte continuó.
Romina observaba cómo un mechón tras otro de su cabello mojado caía sobre la capa y se deslizaba hasta el suelo. Veía que era mucho, pero no alcanzaba a darse cuenta de qué tan corto estaba quedandole su pelo. Finalmente, le secaron el cabello y lo peinaron, aplicando algunos productos para darle forma.
Cuando Romina se vio en el espejo, el resultado no le gustó nada. La estilista había recortado mucho más de lo que ella esperaba; llevaba el cabello más corto de lo que jamás lo había tenido. Además, le parecía un estilo más apropiado para una señora. Tenía ganas de llorar y, para colmo, le molestaba que en todo el proceso nadie le hubiera pedido su opinión.
La peluquera notó que Romina estaba algo alterada y se dedicó a decirle lo bien que se veía con su nuevo estilo, mencionándole que, aunque más corto, podía acomodarlo de diferentes formas, colocarse broches y diademas, e incluso quedaba suficiente para hacerse una colita.
Su madre se acercó y también comenzó a elogiar la nueva imagen de su hija, comentando que ahora le sería más fácil peinarse y arreglarse cada día. Romina se calmó un poco, pasó al área de espera y aguardó a que arreglaran a su madre. Finalmente, salieron juntas de regreso a casa.
Al llegar, Romina fue directo a su habitación y cerró la puerta. No sabía si llorar o gritar. No quería causar problemas, pero no estaba nada contenta con lo que había pasado. Se calmó un poco y se acercó al espejo. Probó diferentes formas de peinar su cabello con el nuevo corte, pero nada le gustaba. No se sentía cómoda con cómo se lo habían dejado. Pensó que tendría que esperar a que le creciera para poder emparejarlo, mientras tanto, tendría que vivir con su “corte de señora”.
Luego pensó que, aunque su cabello estaba corto, en realidad no era un “corte corto”. Recordó que en la universidad había visto a varias chicas con el cabello mucho más cortito, como el de un chico, y sí, les quedaba muy bien; se veían muy bonitas. Recordó cómo algunas habían cambiado sus largas melenas y llegado peloncitas de un día para otro. También pensó en cómo, cada vez que una famosa se hacía un corte radical, ella misma se preguntaba cómo se vería con algo así. Creía que nunca se atrevería a llevar el cabello tan corto, pero tampoco había planeado tener el estilo que le habían dejado hoy.
De pronto, se le ocurrió una idea. Recordó la pequeña estética cerca de su casa, esa que acababan de abrir y a la que había pensado ir a cortarse el cabello pero siempre lo posponía. Decidida, tomó su cartera con el dinero que le habían dado para ir a una peluquería y salió. Cuando su madre le preguntó a dónde iba, Romina respondió que solo saldría a caminar por el parque. Su madre, que sabía que Romina no estaba contenta, pensó que así se calmaría un poco. No se arrepentía de haberla llevado a cortar el cabello; ya se acostumbraría. El corte no le quedaba mal y, además, sería mucho más fácil de arreglar por las mañanas.
Al llegar a la estética, Romina vio que la estilista estaba sola y preguntó si podía atenderla. La estilista le respondió que sí, que su próxima cita sería hasta dentro de una hora. Entonces, ambas comenzaron a charlar. Romina le comentó que su madre le había impuesto el corte que llevaba y que no le gustaba nada. La estilista sugirió que, sin quitar mucho más, podrían darle un toque más juvenil, acorde a su edad. Romina le confesó que ya había decidido probar con algo mucho más corto, estilo pixie. Estaba convencida de que era el momento de experimentar.
Se pusieron a revisar posibles cortes. La estilista le mostró imágenes de modelos con pixies más largos, pero Romina se fijaba en los estilos más cortos; si iba a hacerlo, quería hacerlo bien. Entonces recordó a Emma Watson, cuando se cortó el cabello muy corto después de terminar de filmar su famosa saga. Emma era una actriz muy guapa, pero para Romina, ese había sido su mejor look. Buscó en su teléfono y encontró una imagen de 2010. La estilista le comentó que ese corte le quedaría muy bien a Romina. Ella asintió con la cabeza, nerviosa pero entusiasmada. La estilista se puso manos a la obra.
Una vez más le lavaron el cabello. Y, una vez más, en ese mismo día, Romina observó cómo mechones mojados de su cabellera caían sobre la capa y se deslizaban hasta el suelo. Sabía que pronto estaría bien peloncita.
De pronto, la estilista se detuvo y le explicó que, para lograr el efecto deseado, tendría que usar la maquinilla para cortar el cabello en la nuca, alrededor de las orejas y las patillas. Romina estuvo de acuerdo. Sólo esperaba verse bonita.
Lo que vino después la sorprendió. La estilista le pidió que bajara la barbilla y luego encendió la maquinilla, que comenzó a zumbar suavemente. Sintió las vibraciones en la nuca, que iban y venían. La sensación era agradable, aunque le preocupaba qué tan corto quedaría. Luego sintió cómo la maquinilla pasaba alrededor de sus orejas, haciendo que el zumbido sonara más fuerte.
Cuando le tocó el turno a sus patillas, Romina vio cómo casi desaparecían. Apenas quedaban unos cabellos muy cortitos que la estilista modeló con la maquinilla, perfilando el contorno. También sintió cuando la estilista le rasuraba su cuellito.
Finalmente, el corte terminó. La estilista, sosteniendo un espejo, le mostró cómo se veía la parte trasera. Los cabellos de su nuca estaban cortísimos, y su cuello, rasurado y limpio, se veía bonito. Más aún le gustaba cómo resaltaba su rostro, con su flequillo corto, sus orejas descubiertas y sus patillas muy cortitas. Romina no estaba segura si le habían dejado el corte como el de Emma Watson; probablemente era aún más corto, pero le encantaba lo que veía. Sí, su cabello estaba muy corto, como el de un chico, pero se veía increíblemente femenina. Se sentía guapa, incluso más femenina que con su cabellera hippie.
Cuando volvió a casa, su madre la miró y exclamó:
—¿Qué te has hecho, muchachita?
Romina aprovechó para expresar un poco del enojo que aún sentía.
—¿No querías que me hicieran un corte fácil de peinar? —respondió.
Su madre suspiró y, con una sonrisa, le dijo:
—Ay, niña travieza. Te ves bonita, peloncita.
Luego, le revolvió un poco el cabello, la abrazó y le dio un beso en la mejilla.
Romina subió a su habitación y notó un picor en la espalda. Pensó que algunos cabellitos cortos habían caído entre su ropa y ahora le causaban comezón. Decidió cambiarse y darse una ducha. Después, eligió ponerse su vestido favorito. Al mirarse en el espejo, le encantó su nueva imagen. Esa tarde había quedado en salir con una amiga y sabía que la sorprendería.
Ya era de noche cuando volvió a casa. Estaba agotada por todos los acontecimientos de ese día. Se puso su pijama y se metió a la cama. Entonces, Romina notó cómo la sensación de la almohada era completamente distinta con el cabello tan corto. Reflexionó en cómo, esa mañana, al sentir su larga melena sobre la almohada, nunca habría imaginado que para la noche ya no estaría. Ahora se iba a dormir “peloncita”. Recordó lo que había pasado esa tarde: su amiga sorprendida, que no dejaba de decirle lo bien que se veía, acariciándole el cabello y pasando los dedos por su nuca. También recordó las miradas de muchas chicas, como si la admiraran.
Romina pensó que probablemente se convertiría en una clienta frecuente de la joven estilista que había conocido ese día. Su madre, estaba segura, no tendría quejas sobre su cabello mal arreglado en mucho, mucho tiempo.